nadie nos dijo que educar fuera a ser algo fácil

LORD OF THE FLIES, William Golding, 1954

Seguimos!

hola, os cuento: el sábado pasado castigué a mis hijos, en plan Señorita Rottenmeier, a pasar todo el domingo sin tecnologías, por haber abusado. La respuesta tranquila de mi hija de 12 años al castigo fue proponerme que si podía postponerlo al lunes, porque el domingo le venía fatal, que ya había quedado para hablar con su prima.

Mi reacción fue, simplemente, aceptar su propuesta, por surrealista. Fue jaque mate. Sólo después, al rato, pude pensar tranquilamente en lo que había ocurrido.

Ésta escena me hizo volver a reflexionar sobre los principales handicaps que suelo observar en relación a la educación de nuestros hijos, a nivel generacional:

  1. Responsabilidad
  2. Respeto
  3. Tolerancia a la frustración
  1. En cuanto a la responsabilidad, está sucediendo que les quitamos toda obligación, se lo hacemos todo, nos adelantamos a sus posibles peticiones futuras o constantemente les decimos lo que tienen que hacer. En casa, casi no tienen tareas domésticas, nada que ver con generaciones anteriores. Cuando llegan del cole, nos sentamos con ellos y hacemos todos los deberes con ellos, si algo se les olvida, rápidamente escribimos un whatsapp para saber qué tienen que hacer e incluso estudiamos todos los exámenes con ellos. Tengo una amiga que directamente dice “hemos sacado un 8 en sociales”. No les dejamos que vayan al cole sin los deberes hechos y que les pongan una mala nota, jamás. Somos su cabeza, su agenda, su albacea, su vigilante. Así, nada es su culpa, nunca. Tampoco les dejamos que tengan hambre y lo expresen, les damos la merienda de forma automática antes de que ellos mismos se hayan planteado si tienen hambre. Sin hablar de las veces que les guiamos en las horas libres y las convertimos en horas de ocio, llenas de actividades y sin tiempo para decidir por ellos mismos lo que les apetece hacer. Todo ello les libera de tener que ser responsables con su vida y afrontar las consecuencias de sus decisiones, errores o equivocaciones, algo totalmente normal que genera un gran aprendizaje para la vida adulta.
  2. El respeto es algo que, como casi todo, se tiene que aprender viviéndolo, con la experiencia, no se enseña con palabras. Si criticamos a sus maestros y profesores, a los políticos, a nuestro jefe y hasta a la vecina delante de los niños, por ejemplo, les estamos enseñando muy poco sobre valorar al prójimo y sobre expresarle nuestros desacuerdos de manera franca y directa, . El respeto a la autoridad no es algo negativo. Un buen líder hace una función importante, y en algunos contextos, como el colegio, es esencial. Los niños no pueden ir a clase cada día pensando que el profesor es “un inútil”, o que “le tiene manía a la niña”. Los desacuerdos y los conflictos son algo normal en sociedad. Lo importante no es evitarlos a toda costa, lo importante es qué hacemos con esos desacuerdos: los sabemos expresar correctamente? Los sabemos manejar sin ansiedad? Los sabemos resolver de manera constructiva y creativa? Si no les enseñamos a los niños a solucionarlos, no les enseñamos tampoco a respetar al prójimo, a ver al otro como alguien legítimo de tener una opinión diferente a la nuestra, ni a negociar, mediar o gestionar la adversidad con optimismo y valentía.
  3. Y por último mi favorito: la tolerancia a la frustración. Algo que resulta clave para una vida feliz. Se relaciona con la fortaleza para soportar el dolor sin perturbarnos emocionalmente. Estamos criando niños con muy baja tolerancia a la frustración, es decir, que perciben de forma exagerada y errónea cualquier situación “negativa” que estén viviendo y que creen que no pueden ni quieren vivir el malestar que están experimentando. Cómo se trabaja ésta característica? Dejando que los niños sufran. Sí, has leído bien. Si constantemente les robamos la experiencia de pasarlo mal con las pequeñas cosas de la infancia, como caerse del columpio, no saber hacer un puzzle a la primera, tener hambre o frío o no conseguir el capricho que quieren, llegarán a adultos sin saber gestionar el malestar interior que los humanos desarrollamos cuando las cosas no marchan como nosotros quisiéramos. Todo tiene su límite, por supuesto: si tu hijo sufre acoso en el cole, hay que intervenir. Pero si tu hijo se pelea con su amiguito en el cole, no hay que intervenir. Si intervienes, para “salvarle”, le estás mandando el mensaje erróneo de que no crees en sus posibilidades de solucionar el problema por sí mismo. Si tu hijo se cae de una estructura en el parque y le riñes y le prohíbes volver a subir, le estás diciendo indirectamente que si no lo ha conseguido a la primera, no vale la pena que lo vuelva a intentar y que equivocarse es algo negativo que es mejor no experimentar. Lo ideal es justo la contrario: anímale a levantarse y a perseverar hasta conseguir escalar el columpio, da igual lo que cueste, exprésale que en ensayo-error es el camino del éxito. Como dice el gran Wim Hof, “sentir es entender”: hasta que no lo vives, no lo entiendes. Es necesario atravesar el conflicto para desplegar tus recursos interiores, entrenarlos y mejorarlos. La tolerancia a la frustración tiene también una dimensión social importante, dado el conflicto que se genera en la interacción con los demás, como hemos dicho antes. Sólo poniendo en práctica recursos como la escucha activa, la gestión del estrés, las habilidades sociales, la negociación, el liderazgo o el trabajo en equipo, tus hijos aprenderán a ser adultos que se manejan de forma adecuada en la complicada red de la vida en comunidad.

Gracias por estar ahí!

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